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OPORTO, COIMBRA Y VALENÇA DO MINHO.

26 noviembre, 2015

La entrada en Portugal a través de Valença do Minho no puede ser más espectacular. Su fortaleza, de gran valor arquitectónico, da la bienvenida al viajero a través de una de sus cuatro puertas de acceso -pensadas, como es lógico en aquélla época, para cruzarlas a caballo y no en coche- convirtiendo la llegada a Valença en una verdadera aventura en la que el paso por cada arco debe ajustarse al máximo.

Valença do Minho nos recibió entre una densa lluvia pero, a pesar de ello, no perdió ni un ápice de su belleza ni de ese característico sabor que tienen las ciudades y pueblos portugueses, mezcla de melancolía y nostalgia…. esa saudade que identifica a nuestro país vecino, imposible de explicar a través de palabras.

La comida en Valença do Minho, como no podía ser de otra manera, fue una preparación de bacalao al estilo de la casa -bacalhau a nosso modo-, en un restaurante situado en una de las calles principales de la ciudad, muy cerca del Ayuntamiento y frente a la muralla de la fortaleza, que nos encantó.

Continuando nuestro camino, seguimos ruta hasta Oporto, una ciudad llena de callejuelas empedradas por las que perderse, de restaurantes por descubrir, de pequeñas tiendas en las que perderse, de monumentos que visitar pero, sobretodo, una ciudad llena de vida y de buen ambiente a la que el río Duero otorga unas vistas espectaculares desde cualquiera de sus orillas.

Oporto debería ser siempre esa visita obligada que se realice sin guías de viaje que nos distraigan de lo que vemos alrededor… sus luces amarillentas en la noche iluminando el Duero, y las bodegas en Vila Nova de Gaia, el majestuoso puente que discurre entre ambas orillas, los cantos de fado en las calles con una simple guitarra que nos transportan más allá del tiempo actual, la bajada por la Rua das Flores hasta la zona de la Ribeira, plagada de pequeños restaurantes que, durante la noche, sacan sus pequeñas mesas a las que no les falta una vela sobre ellas y que dibujan, de forma serpenteante la calle, transformándola en uno de los lugares de ocio más característicos de la ciudad.

La Librería Lello, de la que dicen que es una de las más bonitas de Europa y en la que -tras vivir varios años en Oporto- parece que se inspiró la creadora de Harry Potter, J.K. Rowling….

La estación de tren, cuyas paredes, envueltas en azulejos blancos y azules -tan típicos de la zona- es una especie de exposición permanente de lo que Oporto ha sido a lo largo de los siglos……

La “Casa Oriental”, justo al lado de la Torre dos Clérigos, quizá sea la tienda más antigua de Oporto -fue fundada en 1910- y nada más verla apetece fotografiarla sin fin porque recuerda a esos antiguos comercios del ultramarinos ya casi desaparecidos en España y que no deberían perderse nunca… En ella se dice que podemos encontrar el mejor “bacalhau” y chocolate de la ciudad, así como vino de Oporto y especias exóticas. Sin duda, uno de esos lugares de visita obligada….

Y así podría continuar hasta el infinito… Oporto, es un lugar para caminar y perderse por él, tan sólo hay que abrir los ojos y el corazón y ver más allá que simples calles o iglesias…

Uno de esos restaurantes especiales de los que os hablaba, es Cantina, 32. Se encuentra situado en la Rua das Flores y se ha convertido en uno de los restaurantes más representativos de Oporto ya que es capaz de fusionar el estilo más característico de la comida de siempre portuguesa con un toque más urbano. Su decoración es excelente, una mezcla de objetos de estilo vintage e industrial que le otorgan una personalidad propia, lejos del prototipo de restaurante portugués al uso. La atención, por parte del equipo de Cantina 32, es excelente; siempre sonrientes y dispuestos a ayudar en aquellas cuestiones en las que mi limitado conocimiento del portugués hacía aguas…. Sin duda, un sitio para volver y recomendar.

De camino hacia Lisboa decidimos hacer una parada en Coimbra, cuna de la primera Universidad de Portugal y una de sus capitales históricas, antes de que el grueso de la actividad política y administrativa se trasladase a Lisboa. Coimbra es uno de esos lugares que, a medida, que uno se va perdiendo por sus callejuelas empedradas y sus cuestas va gustando más y más…

Como ocurre en todo el conjunto de Portugal, la gente es magnífica, cariñosa, educada, cercana, afable, calmada y sin prisa (porque en Portugal el tiempo transcurre “fuera del tiempo” y esa actitud de locura de ciudad comienza a desaparecer a medida que se cruza la frontera y se deja atrás el enfervorecido tráfico de España), siempre sonriente y con ganas de hablar de su Historia y cultura.

Me gustó especialmente la Sè Velha o Catedral Vieja, uno de los edificios góticos más importantes de Portugal, tapizada de azulejos de distintos tipos, muy cuidada interiormente y con un claustro que invita a sentarse y disfrutar de la quietud del lugar y la Sè Nova o Catedral Nueva, en pleno proceso de restauración y situada frente a la Universidad.

Coimbra sabe a Fado, a típica vestimenta estudiantil de capa negra, a callejuelas estrechas por las que los coches inexplicablemente son capaces de transitar, a cerámica típica, a Universidad, a iglesias diseminadas por doquier, a pequeño comercio y a ese arco de Almedina que, en la antigüedad, era una de las entradas de la ciudad a través de la muralla.

La oferta gastronómica en Coimbra es inmensa…. Hay pequeños restaurantes en lugares inimaginables, en plena cuesta, con sus sillas y mesas en el exterior, con sus velas y sus menús, con ese letrero enorme de “bacalhau a nossa moda” – o bacalao a nuestro estilo, que normalmente es bacalao con cebolla, tomate y patatas al horno-  o “bacalhau à brás” -una especie de huevos revueltos a los que se le añade el bacalao y unas patatas fritas, y que es uno de los platos más típicos de la cocina portuguesa- que invitan a probarlo todo…..

Gracias a la recomendación de uno de los chicos encargados de velar por el claustro de la Sè Velha, comimos en uno de los sitios más bonitos y, más novedosos también, que hay en Coimbra. El restaurante se llama Tapas nas Costas y todo, absolutamente todo lo que hay en su carta es totalmente recomendable. Probamos una cerveza artesanal de Coimbra -Vitriol- y un vino de la zona -ambos excelentes-, así como una selección de tapas típicas portuguesas riquísimas. El restaurante es totalmente recomendable; se encuentra justo en el centro, frente a la Catedral Vieja (Sè Velha) y sus camareros no sólo son amables sino que son encantadores. Sin duda uno de los sitios que, por decoración y por calidad más nos gustaron de Portugal.

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El Norte de Portugal es un lugar lleno de encanto, de rincones mágicos, de pequeñas y grandes ciudades en las que olvidarse de guías de viaje para disfrutar de ellas y perderse por sus calles, sus tiendas, sentarse en un café y ver, simplemente, la vida pasar….

Espero que os haya gustado y os animéis a visitar Portugal. Merece mucho la pena. Hay mucho por descubrir.

*No os perdáis la continuación de mi periplo portugués en mi siguiente publicación sobre Lisboa y Fátima…*

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