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LISBOA.

2 diciembre, 2015

Describir Lisboa en un par de líneas es como tratar de tocar el sol con un solo dedo… algo imposible, al menos para mí.

No hay una sola Lisboa; hay mil Lisboas dentro de una sola ciudad.

Está la Lisboa que desemboca sobre el Tajo, solemne, casi eterna, que mira hacia el mar Atlántico llena de futuro a través de inmensos cargueros, de transatlánticos, de grúas de las que no se ve el final…

Está la Lisboa que atraviesa el puente día a día, que se convierte en una especie de atasco perpetúo mientras, desde las alturas, divisa las dos orillas del Tajo a través de la niebla de la mañana y de las luces de la noche…

Está la Lisboa administrativa y chic, la de los bancos, la de los edificios cuidados y limpios, la de los trajes y tacones, la sobria, la de las aceras dibujadas de la Avenida da Liberdade

Está la Lisboa tradicional, la que se pasea en tranvía por la ciudad, la multicultural, la de las calles estrechas y las calles adoquinadas, la de los miradores llenos de azulejos y la música de fado que desborda cada esquina…

Y la Lisboa histórica, la que eleva al cielo a quienes decidieron seguir los pasos de los conquistadores españoles del nuevo mundo, la de la Torre de Belén y el Monasterio de los Jerónimos…

Lisboa es una de esas ciudades en las que el binomio de tradición y modernidad se convierte en realidad. Una ciudad en la que conviven las típicas tiendas tradicionales de conservas -que identificaron durante años a la ciudad- junto a tiendas de diseño; una ciudad en la que los tranvías hacen competiciones frente a los coches y el aire es una mezcla de sal, cláxones, niebla o sol de espanto, aromas de cocinas africanas, y cámaras de fotos que se pierden en el intento de hacer esa foto especial que se guarde por siempre en la retina.

Si tengo que destacar lo que más me ha gustado de Lisboa (y, pido por anticipado disculpas a quiénes no estén de acuerdo) me quedo, sin dudarlo, con la zona de Carmo, con su peculiar monasterio gótico en ruinas, que es una especie de edén de la tranquilidad en el pleno centro de Lisboa, lejos de las colas del Elevador de Santa Justa o del caos que se respira en la zona de Alfama -el antiguo barrio de pescadores lisboeta- convertido en la actualidad en un magma de pequeños restaurantes de comida de las antiguas colonias portuguesas y de callejuelas empinadas casi imposibles de transitar-.

Carmo pertenece a la zona de Chiado y Barrio Alto, posiblemente una de las zonas más bonitas de Lisboa, llena de vida, de coches, de gente, de almacenes y tiendas tradicionales, de unos suelos tapizados en adoquines azules y blancos, que hacen la competencia a la elegante zona de la Avenida da Liberdade, de unas tiendas tradiciones maravillosas y de un ambiente que, al estilo del Montmartre francés, une ese estilo bohemio y decadente con lo moderno y actual.

Otra de esas zonas, perfectas para pasear y disfrutar de una comida relajada es la zona de Belem, en la que se encuentra la Torre de Belem, el Monumento a los Descubridores y el Monasterio de los Jerónimos…. Es una zona tranquila, llena de encanto y con unas terrazas maravillosas de las que se puede disfrutar de unas vistas impresionantes del Puente 25 de Abril sobre el Río Tajo.

Lisboa es una ciudad para dejarse llevar sin rumbo y disfrutar a cada paso de sus escaparates, las terrazas de sus caferías, sus rincones y sus monumentos… Una ciudad perfecta para caminar -sin tacones, eso sí- y guardar en el bolsillo esos típicos mapas turísticos que nos vuelven locos cada vez que no encontramos lo que buscamos; una ciudad para sentarse en uno de sus tranvías y dejarse acunar por sus calles, fotografiar todas y cada una de sus esquinas, su vida….. una vida que fluye entre fados de cara al mar.

Lisboa. Una ciudad en blanco y negro. Una ciudad en escala de grises que se depositan en sus calles y plazas, en sus miradores y terrazas. Una ciudad que dibuja siluetas románticas en brazos de un tranvía. Una ciudad que amalgama olores y sabores que recuerdan a Mozambique o a Bahía a través de esas calles oscuras del barrio de Alfama o de esas paredes desconchadas del Mirador de Santa Luzía

Lisboa. Un lugar que, como escribió Antonio Muñoz Molina, “es una ciudad de luz dorada que perdura sobre las colinas con un esplendor como de lluvia constante”.

No dejéis de visitarla ni de sentirla. Cerrad los ojos y dejáos llevar por la melodía que algún músico callejero toca a orillas del Tajo, frente a la Praça do Comercio, de cara al Atlántico, al futuro, a los sueños……. y entonces veréis esa Lisboa en blanco y negro, la que no aparece en libros turísticos….. La que se recuerda eternamente.

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